Vote sobre mojado

Día gris. Las manos inquietas no pueden resistirse a pasarse por el vidrio empañado; han de ser las mismas manos que quitan las pelusas de los sacos ajenos o las que acomodan las cosas para que miren hacia el mismo lado. Por la ventana podían verse caras conocidas en afiches y pancartas, pero arrugadas y opacas por el agua de la lluvia. Qué paradójico, en día de elecciones suelen verse más agraciados y jubilosos.

– ¿Ya votaste? – un anciano increpaba a todo aquel que se subía al 127 con un peculiar interés en respuestas negativas. “Con este tiempo no vota nadie” vaticinaba con malicia y brindaba una mirada desafiante al chofer, buscando instaurar un debate.

Sin embargo, bastaba con echar un vistazo a la calle, ver a las personas en bicicletas con pilotos o bolsas negras auspiciando de camperas. Incluso varios poco temerosos a las adversidades climáticas se animaban a caminar y sin paraguas. Bastaba con mirarse unos a otros, a sabiendas de la desventura de esperar el colectivo un domingo al mediodía.

Nadie prestaba demasiada atención al viejito cascarrabias hasta que anunció que se bajaba en la próxima parada. Antes de hacerlo, lanzó un irónico y desdeñable “suerte”.

No cesaba la lluvia, la ciudad tampoco. Las entradas de las escuelas eran el punto de apertura de un desfile de paraguas de los más variados estilos y colores. Las galerías se transformaban en refugios. Esas instalaciones daban una acogida incondicional a los votantes. Y los bancos daban una tregua a los que llegaban cargados con bolsas de supermercado o acompañados de niños revoltosos.

Una procesión de sensaciones iba de un lado a otro en la escuela Latinoamericana n° 1267, subían y bajaban escaleras rostros presurosos, vehementes, jóvenes y otros no tanto. Entraban y salían del cuarto oscuro rostros decididos, dudosos, apacibles, lastimeros, irresolutos, resoplones, inquietos e inquietantes.

Luego se aglomeraban en las puertas los que ya cumplieron su deber cívico, como en un pedido al  cielo, sigiloso y mancomunado, de que pare de llover. Quienes no tenían a nadie aguardando por ellos, o no esperaban por nadie, emprendieron su camino a casa. Otros tantos, con caras de vender a sus madres por un café, entraban  a los pocos bares abiertos.

Allí el escenario no era mucho más calmo que en los colegios. Aunque ciertamente, todo es mucho más reconfortante con una promoción de café con leche y medialunas. Se paliaba el hastío propio de las manos frías, de los pies mojados, de paraguas que se tornaban enormes y molestos, de ropas que escurrían agua.  En los titulares de los diarios, en la tele, en las conversaciones se hacía eco el tema predilecto: elecciones.

El viejito gruñón que molestaba a los pasajeros del 127 estaba equivocado.

Por Camila Escobar

@CamiEscobar21

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